Los lobos no cuidan a las ovejas

Fragmento de «Los lobos no cuidan a las ovejas», escrito por Santiago García Pascual.

Me levanto y canto con emoción La Internacional, incluso se me salta alguna lágrima. He llegado a un punto, en el que ya soy capaz de creerme mis propias mentiras. Ahora me siento comunista, e incluso me parece bien todo lo que hace el Gobierno, al menos, cuando tengo que reaccionar rápido a algo. Aun así, hay veces que estoy solo en mi casa y decido hacer caso a las tonterías que escucho en la televisión. Antes de ayer, el Marqués Pájaro dijo que ayunar de vez en cuando es revolucionario, así, los que vivan mucho peor que nosotros, tendrán más comida. Le hice caso, a pesar de no haber visto nunca a nadie que estuviera mucho peor que yo en la Nueva Era. Todo sea por no ser un capitalista apestoso, o peor aún, un seguidor de Paquito Peseta, que lleva muerto casi sesenta años, pero está más vivo que nunca. Hace cuarenta y ocho horas que no como nada. Si estoy tranquilo, lo razono, y sigo pensando que el régimen es un disparate que va a hacer que nos muramos de hambre. Aún no estoy loco, solo me he metido mucho en mi papel.

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En fin, no ingerir alimentos ayuda a seguirles la corriente. Por un tiempo, consigo ser un borrego y pensar como el resto del rebaño, encima, ahorro un poco. Voy a desayunar algo, que hoy no me siento muy rojo. Es más, voy a  probar lo más capitalista que se me ocurre, un donut. En la televisión insisten mucho sobre que Emerencio Ortegosa, que ya no vive aquí, por suerte para él, los come a menudo, y todos los comunistas devotos saben que él es la personificación del mal. Lo conseguí hace una semana en el mercado negro por setenta y cinco pesos comunitos, para mi nivel de ingresos es muy caro, pero los caprichos también son necesarios de vez en cuando.

Está delicioso, sabe a libertad, sabe a antes de 2019. Está tan rico, que me gustaría poder devorarlo mientras voy a trabajar, pero sería demasiado arriesgado. Todo el mundo sabría que no lo he conseguido de forma legal. Apenas tardo diez segundos en terminar, y eso que tampoco era pequeño. Creo que un pato hubiera tardado más en engullirlo, es lo que tiene el ayuno.

Esta tarde, debo ir al mercado para solicitar mi cesta mensual. Al menos, esta noche podré comer, aunque casi todo será una auténtica bazofia, como siempre. Hace años, no le hubiera dado esa comida ni a los perros, pero ahora es lo mejor a lo que puedo aspirar. Hay otras formas de conseguir comida, pero tengo que reservarlas siempre para cuando se me acaba, es lo más sensato.

Antes de salir, me tomo un lexarin y recuerdo coger la mascarilla. Hoy no se me olvida. Llevo usándola varios días seguidos, porque tal y como pronostique, la vacuna no es eficaz y han vuelto a obligarnos a llevarla puesta. Resulta triste saber que aún quedan muchos idiotas que seguirán creyendo que la próxima será la buena ¡Somos un país de borregos! Las hay eficaces en algunos países democráticos, pero aquí no nos llega, hemos roto lazos con todas las naciones civilizadas. Solo nos relacionamos con dictadores de repúblicas bananeras, ese es nuestro nivel.

Han vuelto a colgar el cartel que rompí. Esta vez no lo destrozo, a pesar de que no hay nadie mirando, ya no soy aquel insensato. Quizás, sea la pastilla, aun así, es lo mejor que puedo hacer, seguir mi camino.

Santiago García Pascual 

Reflexión del escritor

¿Cómo se consigue que la población acepte este tipo de tiranías incluso cuando ya se han dado cuenta?

Fácil, mediante el miedo. El miedo al virus, al capitalismo y también a la derecha, ya que España sufrió la larga dictadura de Franco, y aunque lleva muerto casi medio siglo, no es difícil convencer a los más borregos de que podría resurgir, a pesar de que sus adeptos se pueden contar con los dedos de una mano, mientras que hay millones de españoles que defienden el comunismo y se les revuelven las tripas cuando alguien osa comparar los regímenes comunistas con los fascistas. En definitiva, es mucho más probable que si llegamos a tener otra vez una dictadura en nuestro país, esta sea de izquierdas, pero son pocos los que se dan cuenta de ello.

El protagonista es un simple operario de fábrica que está en contra del régimen en el que vive, y decide combatirlo. No obstante, no tarda en comprender que es mucho más difícil de lo que parece, pues el Estado lo controla todo, hasta las mentes de sus habitantes, mediante el extracomufen, una nueva doctrina político- comunista, y son pocos los que luchan por seguir teniendo criterio propio. En realidad, la mayoría se conforman simplemente con sobrevivir.

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